lunes, 28 de enero de 2013
El guante de Allie
Te he tenido encima tantas noches que no soy capaz de imaginarme en otra parte, compartiéndome con otras manos. Es ahora cuando vuelvo a casa de noche, sonriéndole de lejos al Pirulí y sabiendo quien soy.
He vivido eso de no dejar ni un centímetro entre tu cuerpo y el mío, te juro que es lo mejor que me ha pasado.
Adoro lo nuestro; tan real y tan humano. Incomparable, - porque cuando creces tanto por amor, ya no pueden compararte a nada -, como cuando vamos el 14 de febrero al Telepizza y pedimos pizzas redondas. Eso sólo puede compararse a llevar falda con Converse, no sé si me entiendes. Llevar falda con Converse es genial, no sé a quien se le ha ocurrido pero, una chica con falda y Converse es genial. Es casi tan genial como pedir pizzas redondas en Telepizza el día de San Valentín.
Por eso ya no escribo de nada, escribo de lo mismo, de lo único que sé con seguridad que se me da bien. Ahora eres tú y tus cosas, tú y mis sueños. Cierro los ojos y eres tú. No tengo la cabeza en su sitio.
Has terminado de convencerme de que hay algo que me hace diferente, tú lo llamas 'mejor', pero yo no quiero ser la mejor en nada, porque entonces te mueres, como Allie Caulfield.
Allie Caulfield era el mejor en muchas cosas, por eso, si todos fuéramos Allie Caulfield, moriríamos. Pero eso es imposible, porque Allie sólo tenía 11 años, y porque entonces moriríamos todos y dejaríamos el mundo lleno de guantes de béisbol con poesía escrita en tinta verde, y eso es demasiado genial como para que ocurra más de una vez. Sería como si yo me encuentro en un mismo día a dos chicas con falda y Converse.
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