así que voy a quitarme la armadura y liberarme.
Durante mis últimos años en la tierra, he conocido a alguien increíble,
pero que pasea sus defectos como si fueran virtudes.
Impulsiva, prepotente, de gran corazón y diminuta modestia.
Su nombre es Claudia, y acaba de escribir su primer libro. (Aún no sé
de donde saca todo eso que escribe, debe tener un duende que se lo
chiva por las noches).
Debió haberle pedido a otro que le escribiera este prólogo, pero quiso
que lo hiciera yo, porque la conozco de toda la vida.
Queríamos que ante todo, fuese un prólogo humilde, dejando por aquí lo
más profundo, lo que nunca sale.Y yo le dije que imposible. Cuando tienes
esa mierda de actitud con la gente, no puedes dar una imagen humilde,
porque no es lo que eres. Pero bueno, así es nuestra Clau.
Todo lo que quiero contar sobre ella, se centra en el último año, cuando
llegó esa otra chica de despistado caminar y que late más real que nadie.
Si, la del libro. Os juro que esa chica tiene un don.Cambió el mundo desde
el primer momento que se miraron. Yo no soy precisamente del lado
romántico, pero de verdad que se paró el tiempo.Desde entonces y ahora
que sé que ha encontrado su camino, puedo decir con seguridad que soy feliz.
Cariñosamente, yo.
Me duele dejarme a gente por el camino, todas esas personas que,
aunque ya no quieran, forman parte de esta historia, son eslabones
importantes que hay que escalar si o si.
Igual que aquellos que quisieron marcharse, están los que se quedaron,
los que siguen sujetando y sujetos a nuestra ilusión, que no fallaron cuando todo
esto empezó y ahora son parte de ello. Los que otros llamarían ‘amigos’ y yo
prefiero llamar Ohana.
No podía dejarlos sin nombrar en mi primer libro, el cual le dedico expresamente
a Sofía, por la inspiración, pero también a ellos, porque no hubiera sido posible sin
todo lo que han dejado en mí.
Claudia.
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