Ocurrió en menos de un pestañeo, en menos de lo que hubiese tardado yo en encender la luz. Existe un coche capaz de ponerse de 0-100 Km/h en un segundo y aún así, esto ocurrió más rápido.
Yo venía de pasar algún tiempo a remojo, escaldada en una historia que no supo encontrar final feliz. Con las manos arrugadas de tanto intentarlo y el corazón aún sumergido en la desconfianza.
En seguida me subí en aquella montaña rusa, la que te da varias oportunidades de bajar antes de ponerse en marcha, solo que yo no me bajé. Nunca me bajo. Ella inició la cuesta arriba con todo ese traqueteo, con la emoción y el miedo en cada escalón. Y yo permanecí ahí arriba con los huevos de corbata, como dicen, y aferrada al todo irá bien.
Aun que lo cierto es que nunca me dieron miedo estas atracciones. Solía raspar centímetros a la altura mínima de la lanzadera, me medía cada verano en la puerta del salón.
Actualmente mi montaña rusa lleva una velocidad que ni se imaginan.
La semana pasada, mientras cumplía 20 años, decidió espavilarme con un looping que por poco me rompe los esquemas. Intento transmitirles la velocidad a la que ocurrió, pero de verdad que ni se lo imaginan.
Fue uno de esos looping en los que realmente crees que vas a caer al vacío, de los que te hacen llevarte las manos a la barra de seguridad para comprobar si esa barrilla seguirá ahí aguantando.
Toda esa emoción sumada al sudor frío y al propio frío de la velocidad, vamos, que todavía estoy temblando. Empezó a coger altura rozándome la mejilla y ahí arriba, en pleno giro y muy bajo lo soltó;
- Te amo.
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